Está bien no estar bien – Atencion San Miguel de Allende

Por Claudia Castillo Epstein
Normalmente cuando alguien nos pregunta “¿cómo estás?” la respuesta inmediata y casi automática es “bien”.
Hay ocasiones en que sí, la respuesta es “bien”, pero hay muchas otras veces en que la respuesta real y honesta no es esa.
Coexistimos con una tendencia y casi obligación muy fuerte a siempre tener que estar bien. Vivimos en una cultura que promueve como una más de sus estrategias de consumo el bien/estar, el positivismo vacío y superficial, el dejar que las cosas “fluyan”, el todo tiene un “por qué” y un “para qué”.
Con frases, fotos de paisajes, selfies siempre sonriendo colgadas en los muros de nuestras redes sociales encontramos la salida fácil y rápida para esconder y disimular la pequeña gran parte de nosotros que no está bien.
Sin duda alguna celebro y apoyo los esfuerzos individuales y colectivos por experimentar una vida cada vez más saludable, armoniosa, equilibrada. Pero no comulgo ni promuevo el bienestar que se enfoca solo en un estar bien “de dientes para afuera” y que nos empuja a portar una máscara sonriente y evasiva que nos desconecta de lo que realmente sentimos y nos está pasando de puertas para adentro.
Nos coloca en un lugar interno en donde no podemos/queremos tomar responsabilidad de lo que realmente nos está pasando y convenientemente le buscamos el lado “amable”, positivo del tema y dejamos que la vida siga, sin profundizar, sin sentir, sin cuestionar, portando una ceguera y comodidad en donde dejamos al azar, a Dios, al universo, a alguien más resolver lo que es nuestro y que solo nos corresponde a nosotros asumir y resolver.
Es imposible que todo el tiempo estemos bien. Hay que resignificar la idea de que está mal estar mal, que deberíamos avergonzarnos por nuestras tristezas, enojos, ansiedades, preocupaciones, dudas, caos, etc.
Este patrón de comportamiento lo aprendemos desde niños, ya que crecemos en espacios familiares, educativos, sociales, en donde los adultos a nuestro alrededor no tienen el tiempo ni las herramientas internas para escuchar, acompañar y enseñarnos qué hacer con nuestras emociones.
Así que lo que hacemos es callar, evadir, sepultar lo que sentimos para irnos convirtiendo de a poco en personas que no confrontan, que no sabemos lidiar con el conflicto, con la incomodidad, con las diferencias y tristemente vamos callando nuestro sentir y nuestra verdadera voz.
Sin embargo, recordemos que la energía no se destruye hay que transformarla. Y queramos o no, todo lo que vivimos nos hace sentir algo. Entonces, la pregunta es ¿qué pasa con todas las emociones que siento? Toda esa energía emocional se va almacenando, acumulando y si no aprendemos la habilidad de reconocerla, saber con qué experiencia o qué persona está conectada y sobre todo saber cómo darles salida y dejarlas ir, nos vamos convirtiendo en las emociones que reprimimos.
En lugar de sentir tristeza, somos personas tristes. En lugar de sentir enojo somos personas enojonas. Y entonces las emociones no solo transforman nuestro estado de ánimo y personalidad, sino que nublan nuestra mente, nuestras decisiones, relaciones, elecciones y la óptica por la cual vemos el mundo.
Hay que entender que las emociones son grandes maestros y puentes hacia nuestro mundo interno. Nos están mostrando de manera automática una respuesta no racional ante lo que nos está pasando.
Cada uno de estos temas son territorios de arenas movedizas y reconociendo que cada uno de nosotros somos universos únicos, te invito a reflexionar cómo está tu mundo emocional, qué relación tienes con tus emociones y a tomarte el tiempo y el espacio de sentarte en silencio a escuchar esas partes de ti que llevan no sé cuánto tiempo no estando bien.
Esas partes son las llaves para tu expansión, liberación y plenitud. Son el espacio, aunque espinoso, llenos de respuestas y vida.